Son las doce
de la noche. Las oficinas están ya vacías. En el edificio solo queda Mario, el
vigilante de seguridad. Comienza su ronda por las cuatro plantas y comprueba
que todo está en orden. Saca las llaves y abre la puerta de la firma “Wenceslao
Z. Abogados”. En la oscuridad, esquiva las mesas y armarios de los pasillos.
Entra en un despacho, se asoma por la ventana. No ve ni a un solo ciudadano en
la céntrica calle. Desenrolla la persiana de lamas. Enciende una lámpara de
sobremesa, extrae su portátil del bolso. Conecta la webcam enfocando el
diploma a su espalda y otros reconocimientos del Colegio de Abogados, expuestos
en la pared. Se ajusta la toga que sustrae del perchero. Escribe una contraseña
y sonríe a cámara, recitando
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