10 jun. 2008

AÑOS DESPUÉS
Ya no hay colas ante la taquilla el sábado por la tarde y ese cosquilleo durante la espera por la expectación, porque la película se proyecta cada hora en una sala de los multicines a los que acudimos. Ya no hay un cartel sobre la pantalla que anuncie el pretérito Visiten nuestro bar, porque el público se ha provisto de palomitas, dulces y bebidas; aunque sí se proyecta una animación comercial que recuerda la conveniencia de apagar el teléfono móvil (y siga conectado por el contestador). Ya no son amigos, ahora son hijos o sobrinos los que nos acompañan al cine. Pero lo milagroso es sentir de nuevo un escalofrío cuando Indiana salta escapando del peligro a los acordes de su tema musical, como si no hubieran pasado más de veinticinco años desde la primera vez.

Hasta el estreno de Indiana Jones y el reino de las calaveras de cristal, han sido varios los intentos sustituirlo por exploradores en Egipto, cuyo nombre olvido, sufriendo la maldición de la momia; o bien otros buscando tesoros de la guerra de independencia americana. O las heroínas bellas, ágiles y valerosas, armadas igual que en un videojuego, como Lara Croft y en la televisión una atractiva cazadora de tesoros. Incluso en un mundo con Neo, el elegido que trata de salvar a la humanidad del futuro. O bien Frodo, Sam, el rey Aragorn y la comunidad del anillo restableciendo el orden en la Tierra Media. Estos personajes entre otros, han intentado hacerse con el puesto de héroe durante casi dos décadas pero ninguno lo ha conseguido. Por eso quizás ha vuelto el original, no sé si para quedarse hasta una próxima entrega o para despedirse definitivamente.

De acuerdo, Indiana
Jones era en sí mismo un plagio o una copia de varios exploradores, espadachines, vaqueros, espías, marinos y héroes de las películas, seriales y tebeos clásicos desde los años veinte hasta los setenta del siglo pasado. Aunque yo prefiero verlo como una revisión y reciclaje de todos ellos en un aventurero que les exprime lo mejor y da forma a un personaje único, legendario al igual que su sombra o su sombrero, capaz de afrontar retos apasionantes como el de su cuarta aventura.

Ha pasado todo este tiempo para el actor que lo encarna,
Harrison Ford, que a sus cincuenta y tantos en la ficción (sesenta y cinco al menos en el mundo real) sigue manteniendo el tipo y el gesto, llevando el peso de la historia con humor, cinismo, visceralidad, sentido de la observación, reflejos, algo de desencanto y mucho de sabiduría.
No parece haber pasado el tiempo por
Lucas y Spielberg, los motores de la aventura que vuelven a darle el ritmo necesario sin olvidar que sea fácil trasladar la película a las consolas electrónicas con sus fases y pantallas sucesivas, y tal como saben ellos hacernos pasar un buen rato, engañando constantemente pero con gracia e inteligencia, desafiando la verosimilitud. Porque ¿quién se creería, objetivamente, las peripecias que ocurren constantemente en la pantalla durante más de dos horas?.

En definitiva me quedo con esta mentira en imágenes y sonido, con ese principio que tarda un poco en arrancar pero lo hace a lo grande; con esas persecuciones tan bien montadas en las que vemos quién es el que huye y quién el que persigue al otro en todo momento. Me río con esas réplicas de algunos personajes secundarios, tan sarcásticas e ingeniosas como las del protagonista. Sonrío con ese guiño a
Gollum en el personaje de John Hurt, corrompido por el poder oscuro de la calavera (Lucas y Spielberg son muy listos). Y agradezco ese final y otros avatares que no pienso destripar, de esto ya se encargan los medios de comunicación habituales.