28 ago. 2009

EL AMOR DE LAS MOSCAS…

Esto no es una carta, igual que tú no eres mi amada, pero estas palabras son para ti.

Hola maja.

Acabas de llegar volando y no sé de dónde vienes, quizá hayas recorrido el espacio desde la calle hasta la habitación en la que escribo. Puede que sobrevolases antes el salón del piso de arriba. O tal vez estuviste en lugares que desconozco aún más que la sala de estar de mis vecinos, tal vez has vivido aventuras que no alcanzo a imaginar, tal vez.

Tenemos algo en común tú, los perros y yo. En esta línea que termina te preguntarás qué compartimos moscas, canes, hombres... y no es sólo esta relación de dependencia de nuestras basuras y vuestro sustento, o bien la actividad de los mastines y el abrigo que os proporcionan sus cuerpos.

No, los humanos y los pacientes labradores, tanto como vosotras las moscas, coincidimos en que somos seres movidos por el amor.

¿PORQUÉ SE ENAMORAN LOS HOMBRES? ¿POR DINERO?

Puedo contarte mis enamoramientos, lo escribiré de esta forma, y necesitaría libros y días para contártelo, y si de algo no disponemos es de mucho tiempo. De algo estoy seguro, soy un hombre pero no puedo hablar por todos así que comenzaré por algo que me sucedió el siglo pasado o quizás hace veinte años.

En una Nochebuena salimos de fiesta a un local en el que colaborábamos varios amigos y conocidos, con un grupo de teatro. Éramos chicas y chicos jóvenes que nos llevábamos bien, aprendíamos juntos en el taller de la sala y teníamos ilusión por llevar obras al escenario. Y en algunos casos había admiración e incluso atracción entre algunos integrantes del grupo, aunque no era mi caso, al menos hasta un par de días antes del veinticuatro de diciembre.

Por entonces Chus, una de las chicas, paseaba por mis ojos como alguien amable, muy educada y buena persona en el trato cotidiano. Nada más.

Pero durante una reunión de las que hacíamos para ensayar nuestras actuaciones, supongo que mientras Chus ofrecía alguna improvisación, descubrimos el deseo por ella que sentía el gran A, director, presidente y por aclararlo más, NUESTRO JEFE en la asociación. Como ves no digo sus nombres completos puesto que son personas de verdad o todo lo verdaderos que pueden serlo en mis recuerdos.

La razón que motiva este relato y casi se pierde en las descripciones es que, como decía antes, en una de las reuniones del grupo Chus comenzó a ser querida y deseable por casi todos los hombres que estábamos allí sentados porque ninguno la habíamos percibido como la chica atractiva que ya era entonces. Está claro que el encoñamiento fue colectivo. Sé lo que sucedió con el gran A, que estuvo a punto de perder a su pareja de casi toda la vida al hacer públicas las ansias que tenía de estar con Chus, al menos de enrollarse con ella. No sé si sucedió con alguno más de los que nos encaprichamos en el taller.

Retomemos aquella noche, con el mazapán y el alcohol, sobre todo las cervezas y el tabaco que bebimos y fumamos la víspera del día de Navidad. Todos los accesorios necesarios para bailar, reír y hacer reír, charlar y sepultar al tío tímido que yo era y no se acercaría jamás sobrio ni en sus cabales a Chus. Con todas las ayudas extra regresé con Chus en el metro, la acompañaba en el vagón y entre silencios solo me atreví a decirle Tengo que contarte algo… Viendo cómo abría sus ojos grandes y oscuros pensé que las palabras habían dado resultado, aunque más debido al suspense de la frase que por mi entonación o por mí mismo.

Apuré el tiempo que duró el recorrido subterráneo hasta salir de la estación y ella me preguntó inquisitiva, qué es lo que tenías que contarme y usando toda la osadía que podía tener un aprendiz de Casanova por correspondencia le dije Creo que me he enamorado de ti

Al menos yo lo escuché a un volumen y tono que quizá tú, mosca, también habrías alcanzado a oír. Sin embargo, ya delante del portal de la casa de Chus que en aquel instante tenía una expresión más propia de un lunes, descubrí que o no me había escuchado o lo que le había dicho le importaba muy poco.

Caminando de vuelta a casa encontré un billete azul de las antiguas pesetas en la acera. Sorprendido, cogí las quinientas pesetas que pagaron mis calabazas y apaciguaron la turbación producida por la indiferencia de Chus. Y de la misma forma que nos enseñan los sabios y profesores sobre las moscas, vuestro vuelo e insistencia no dura más tiempo que un día.

Málaga, a 14 de Febrero de 2009 (1ª parte)