4 sept. 2009

EL AMOR DE LOS PERROS…

Nunca he vivido con un perro, ni he sentido su presencia en los días fríos, su cariño y alegría en los paseos callejeros o campestres; su fidelidad sin duda ni tacha hacia la persona que lo hospeda. Te digo esto, pequeña e inquieta mosca porque bien sabes de lo que te hablo, tal como estarás de entretenida en tus visitas esquivando la cola de estos animales domésticos.

Nunca he compartido hogar con una mascota pero en alguna ocasión sí me he sentido como alguno porque también por aquellas fechas en las que todavía no existían los teléfonos móviles me enamoré de Marga, pucelana, morena, menuda y simpática para casi toda el aula en la facultad, sobre todo para los compañeros.

Gasté prácticamente un año, en el que llegué a cumplir los veinte, hechizado por esta chica que traía loca a media clase.

Todo comenzó al coincidir en actividades colectivas de alguna asignatura. Marga, como vallisoletana y castellana antigua de procedencia, encandilaba con su oratoria y correcta pronunciación. Los Buenos días eran mejores, los chistes malos invitaban a la carcajada y los profesores aburridos adquirían más interés en su compañía. Pasados varios meses todo esto ya no era un revoloteo inocente sino la búsqueda canina de un hueso que roer.

El encandilamiento producido por Marga se transformó en un interés y una fidelidad hacia ella que pasó por las fases de un capricho en toda regla. Os cuento mis torpezas amorosas aunque ni la edad ni la falta de experiencia justifiquen estas obsesiones tras la adolescencia.

Después de varias ocasiones de ir al cine, al teatro e incluso a conciertos con los amigos comunes de la clase, mi fijación por Marga seguía creciendo.

Un día decisivo para este relato fue durante la manifestación de estudiantes a finales del año ochenta y nueve, en la cual hubo enfrentamientos entre los jóvenes y la policía como se puede comprobar en la foto de portada de algunos periódicos de aquellas jornadas. Ese día también acudimos Marga y yo entre otros compañeros para reivindicar derechos que en este momento no recuerdo, alentados por partidos políticos que ya no figuran en las papeletas de las votaciones. Cuando los extremistas de turno comenzaron a montarla contra los funcionarios de la policía, éstos -razonablemente la mayoría y otros tan confusos como los que no incitábamos ni abroncábamos- trataron de reprender los lanzamientos de objetos peligrosos y el empuje al suelo de vallas metálicas de protección y descontrol.

Al curso tranquilo inicial y posteriormente a las consignas simples y vacías o los pareados estúpidos de protesta, siguieron las carreras por la calle. Huyendo de la vorágine nos juntamos en un bar varios de los compañeros que acudimos a la manifestación, pero entre ellos faltaba Marga. En un acto más incauto que inteligente, volví al paseo a buscarla cuando aún había energúmenos dispersos lanzando latas, botellas y piedras. Y policías pateados en el suelo y otros dando porrazos.

Pero seguí sin encontrar a Marga durante varios minutos, quizá cinco, tal vez diez, hasta que volví al bar, más gracias a la recomendación de algún miembro del orden que me lo aconsejó, ante la vista de un pardillo como yo entre tanto cafre. Cuando entré de nuevo al bar allí estaba Marga, risueña y con ese encanto que solo un imbécil enamorado puede notar.

Seguí con esta conducta indolente meses después, y le entregué un poema que no escribí y olvidé pero que dejaba claro, ortográfica y gramaticalmente mi afecto por ella.

Como en el caso de Chus, Marga no hizo ningún comentario al respecto de los versos y más que una señal clara y lógica de rechazo, lo entendí como un reto nuevo para seguir solicitando mi plato de comida con pedigrí y un masaje en la cabeza como un fiel can encaramado al sillón de mi ama.

Podría continuar con otros hechos como ver a Marga ligar con otros tíos más malotes e interesantes, pero prefiero concluir como lo hice una tarde, al esperarla a la salida de su academia, con una flor en la mano. Incluso yo mismo veía cristalino el fracaso de mi osadía, agotando todas las convocatorias para que al menos yo no pudiera pensar ni reprocharme que no hubiera intentado todo por conseguir salir con ella. Me quedé depié igual que los protagonistas de esas melosas canciones de amor de los años ochenta, aguanté el tipo ante la arenga de Marga, animándome y dejándome claro que ella nunca se había mostrado atraída por mí, por supuesto con esa capacidad suya de explicar y seducir con sus palabras a un tiempo.

Lo lógico es que hubiera desistido desde la manifestación, desde el regalo del poema o tal vez desde antes, pero es por lo que compartí experiencia de vida en aquel instante con los cánidos.

Olvidada mosca, que ya tropiezas con la palma de mi mano, cuando trato de cogerte ante tu insistencia en permanecer sobre mi brazo; espero haberte distraído este rato en tu búsqueda de un nuevo objetivo.

Y moscas aparte te dedicó este escrito a ti también, como ya sabes sin fecha de aniversario, sin hechizo raro, pero con más ganas de verte y seguir riendo juntos.

Málaga, a 14 de Febrero de 2009 (y 2ª parte)