17 ago. 2009

VIDA EN LA CALLE
Quiero compartir estas impresiones
sin tomar fotos, sin planear rutas
ni ser un títere de las intenciones
tiranas, vendidas a las pautas
lógicas que arruinan las vocaciones
y ahuyentan alegrías incautas.
Hablaré con la voz susurrante
de los últimos años vividos
los meses, días transcurridos
y las horas del tiempo andante.
Como viajero huí de la rutina a la vida,
desde el cemento y neón hasta la arena
y la brisa de las olas sobre mar serena,
olas mansas que mecen su orilla dormida.
El asombro diario a la vuelta de las esquinas
en las aceras sembradas con flores de pascua
pascueros invernales arrimados al ascua
decembrina y navideña tras las cortinas.
En esta ciudad inclinada, en parte al sur
y en parte al oeste, anclada, generosa y vigía
sin faro aunque con farola prudente que guía
el rumbo, mando y destino del navío al albur.
Observando desde el monte las avenidas
los cruces, pasajes, vías, patios y acaso
bulevares porque toda la urbe es el paso
y la raíz de árboles y especies florecidas.
Mas todo es inútil si esta urbe en obras
no tiene más vida que sombras
y habitantes que trasplanten el aliento
en nativos y forasteros sin prebenda
ni cobro. A cambio recibiré reprimenda
por elogiar con una mijita de sentimiento
de más, o quizá con varias toneladas
pero entre tanto sentido a pie de calle
y dos años después -menos canijo de talle-
disfruto escribiendo vivencias pasadas.
Para terminar con la memoria atenta
no olvido algún abrazo y caricia amistosa
que no fue intencionada ni lujuriosa
sino moneda corriente de mano lenta
en esta tierra cálida
nunca en penumbra.