13 may. 2012

EL RESUCITADO


Antonio volvió a mirar el reloj, apurando su refresco. Luis se tragó el mitad -templado ya- en pocos sorbos. Los dos observaban desde la barra del bar a los tambores y cornetas de la archicofradía que culminaba el recorrido en la Iglesia de San Julián, tocando los últimos acordes de la marcha. Una hora después llegó el silencio, los abrazos y los ecos de las despedidas de cofrades y devotos, músicos y hombres de trono, emocionados y dispersos, que se alejaban por la encrucijada de calles y travesías.
Antonio y Luis pagaron las bebidas y los bocadillos. Sacudieron las migas de la chaqueta azul con franjas amarillas fosforescentes. Empuñaron las escobas y los carritos portabolsas. Y, por separado, comenzaron a barrer la calle por aceras y asfalto.
A mitad de la tarde, alguien tenía que limpiar todos los rastros de la última procesión, tirados por el suelo.

Colgado en la Opinión de Málaga, y todos los que se presentaron al