5 sept. 2012

MÁS VIDAS QUE UN GATO

No tengo corazón, tampoco cerebro, pulmones ni otros órganos vitales que me den respiración ni latidos, pero existo y viajo, sin piernas, brazos o extremidades que me ayuden a transportarme. Y de todas maneras llego a las casas, las oficinas, los almacenes, las empresas; a universidades y colegios; también laboratorios y juzgados. Comercios y cuarteles.
Sobrevivo a esta crisis, a las anteriores, aunque el dinero escasee y los recursos se terminen llegaré por ilusión o por carencias. Por suerte y por infortunios. Siempre me recibirá alguien y eso es todo y es nada. Es la apertura de mis tapas; la extracción de mi contenido; la separación de mi precinto. Rajar las fibras que trenzan mi sobre o mi cartón.
Y caer al fondo oscuro de un contenedor de plástico con papeles, periódicos y otros paquetes. Subir la cuesta con el buhonero y sentir el viento a mucha velocidad en las paredes de la camioneta de los cartoneros, gente noble entre la opulencia y la miseria.
Despierto en palacios y desfallezco en vertederos pero resisto porque siempre revivo entre pulpa y agua, pulverizado y ebrio de fibra, de pura fibra que se recompone en plantas de reciclaje.
Y vuelvo a ser llamado, usado, enviado o apilado con otros iguales, con más tiempo que reencarnaciones, con miles de destinos y misiones.
Alguien nos espera.


Pablo Vázquez
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Este relatillo experimental anduvo por el concurso relatos del Grupo Correos del año 2011. Evidentemente se proponía contar algo relacionado con servicios de paquetería y fue interesante participar, aunque el resultado sea fallido.