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| Ilustración de Mercedes Daza |
El joven se despertó con la
camiseta empapada. No era por el sudor, sino por la humedad intensa del
ambiente. Se incorporó y al levantarse resbaló sobre el suelo. Posó las manos
sintiendo la inestabilidad de la superficie rugosa y llena de charcos. Aquel
lugar parecía más orgánico que artificial.
¿Y ese hedor? El ambiente estaba
cargado de un fuerte olor que no sabía identificar. La oscuridad tampoco le
ayudaba a concretar el aspecto de aquella caverna. No conseguía recordar dónde
había terminado horas antes de dormirse.
Buscó el mechero en su bolsillo,
lo extrajo y prendió una leve llama que iluminaba las paredes irregulares de
color burdeos. Súbitamente la estancia se abrió al frente igual que una ventana
para dejar paso a la luz, perfilando unas piedras puntiagudas clavadas al piso,
iguales que el marfil, aunque sucias. El suelo comenzó a temblar y se plegó
formando una ola que le empujó hasta el fondo, seguido por chorros de un
líquido denso, como la saliva. Perdió el equilibrio y cayó por un pozo en el
que aumentaba el calor y la peste. Desmayado, se hundió en el foso.
Entonces el dinosaurio cerró la
boca y siguió soñando.
Pablo Vázquez Pérez
para Augusto Monterroso ese dinosaurio que nos despierta tantos relatos.
Lo traigo aquí y lo enlazo también en su lugar de publicación.
