No pudo evitar mirar de reojo la puerta del
apartamento porque esa mañana la vecina se asomó súbitamente, santiguándose con
determinación. Ignoró a la vieja señora y cuando entró al ascensor su novia le
alcanzó para entregarle el alzacuellos. Se despidieron con un largo beso.
Él se colocó la tira de tela blanca mientras bajaba
hacia la calle. Suavemente, con sus largas manos, alisó unas arrugas apenas
perceptibles de la camisa gris. Al salir del portal se estremeció con el viento
frío. Menos mal que la iglesia estaba cerca.
Pablo Vázquez
Microrrelato publicado en la antología
de la editorial El desván de la memoria.
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