19 oct 2009


EL NÚMERO CINCO

Un edificio emblemático de Madrid y otros cuatro nuevos con lo que dejan ver esos colosos que tapan el cielo y cubren también la bonita línea de horizonte de la Sierra.

Tomada cerca de la estación de Chamartín, para mí el edificio emblemático (el quinto por lo tanto) es el de ladrillo visto, y reconozco que las cuatro torres son un gran trabajo de arquitectura e ingeniería, pero me parece alarmante esa idea de encerrarnos más en las grandes ciudades con estos bloques gigantescos de metal que destruyen la perspectiva natural que existía antes fuera del entorno urbano.
Esta fotografía está colgada este mes de octubre en el blog
quedada fotográfica de blogueros
Aunque dejé otras sin subir al blog :















Saludos.

14 oct 2009

Un hombre mira, a ellas
se agacha, coge, las flores
luego las ofrece, regalos
y otro observa, esperas.

Miente la vida: ellas las
flores son regalos de esperas
COMPOSICIÓN COLGADA

14 sept 2009

LA DESNUDEZ


O el desvestimiento...
La fotografía la tomé el mes de Julio de este año (2009) en el Museo de Semana Santa, de Zamora. Gracias a los focos de luz dirigidos y rebotados entre los diferentes pasos de las cofradías que están expuestos se pueden captar instantáneas como esta. Es todo un regalo llegar al sitio, sólo mirar y encuadrar para disparar la foto.
La fotografía en cuanto a calidad técnica, sobra que diga que es mala, pero no quería dejar pasar la oportunidad de colgarla en un blog colectivo llamado QUEDADA FOTOGRÁFICA DE BLOGUEROS en el cual participamos varios con el tema de LA SOMBRA durante este mes de septiembre:


Para quien le interese ver el paso tal como es, copio aquí un par de enlaces a un blog sobre cofradías y a youtube:

4 sept 2009

EL AMOR DE LOS PERROS…

Nunca he vivido con un perro, ni he sentido su presencia en los días fríos, su cariño y alegría en los paseos callejeros o campestres; su fidelidad sin duda ni tacha hacia la persona que lo hospeda. Te digo esto, pequeña e inquieta mosca porque bien sabes de lo que te hablo, tal como estarás de entretenida en tus visitas esquivando la cola de estos animales domésticos.

Nunca he compartido hogar con una mascota pero en alguna ocasión sí me he sentido como alguno porque también por aquellas fechas en las que todavía no existían los teléfonos móviles me enamoré de Marga, pucelana, morena, menuda y simpática para casi toda el aula en la facultad, sobre todo para los compañeros.

Gasté prácticamente un año, en el que llegué a cumplir los veinte, hechizado por esta chica que traía loca a media clase.

Todo comenzó al coincidir en actividades colectivas de alguna asignatura. Marga, como vallisoletana y castellana antigua de procedencia, encandilaba con su oratoria y correcta pronunciación. Los Buenos días eran mejores, los chistes malos invitaban a la carcajada y los profesores aburridos adquirían más interés en su compañía. Pasados varios meses todo esto ya no era un revoloteo inocente sino la búsqueda canina de un hueso que roer.

El encandilamiento producido por Marga se transformó en un interés y una fidelidad hacia ella que pasó por las fases de un capricho en toda regla. Os cuento mis torpezas amorosas aunque ni la edad ni la falta de experiencia justifiquen estas obsesiones tras la adolescencia.

Después de varias ocasiones de ir al cine, al teatro e incluso a conciertos con los amigos comunes de la clase, mi fijación por Marga seguía creciendo.

Un día decisivo para este relato fue durante la manifestación de estudiantes a finales del año ochenta y nueve, en la cual hubo enfrentamientos entre los jóvenes y la policía como se puede comprobar en la foto de portada de algunos periódicos de aquellas jornadas. Ese día también acudimos Marga y yo entre otros compañeros para reivindicar derechos que en este momento no recuerdo, alentados por partidos políticos que ya no figuran en las papeletas de las votaciones. Cuando los extremistas de turno comenzaron a montarla contra los funcionarios de la policía, éstos -razonablemente la mayoría y otros tan confusos como los que no incitábamos ni abroncábamos- trataron de reprender los lanzamientos de objetos peligrosos y el empuje al suelo de vallas metálicas de protección y descontrol.

Al curso tranquilo inicial y posteriormente a las consignas simples y vacías o los pareados estúpidos de protesta, siguieron las carreras por la calle. Huyendo de la vorágine nos juntamos en un bar varios de los compañeros que acudimos a la manifestación, pero entre ellos faltaba Marga. En un acto más incauto que inteligente, volví al paseo a buscarla cuando aún había energúmenos dispersos lanzando latas, botellas y piedras. Y policías pateados en el suelo y otros dando porrazos.

Pero seguí sin encontrar a Marga durante varios minutos, quizá cinco, tal vez diez, hasta que volví al bar, más gracias a la recomendación de algún miembro del orden que me lo aconsejó, ante la vista de un pardillo como yo entre tanto cafre. Cuando entré de nuevo al bar allí estaba Marga, risueña y con ese encanto que solo un imbécil enamorado puede notar.

Seguí con esta conducta indolente meses después, y le entregué un poema que no escribí y olvidé pero que dejaba claro, ortográfica y gramaticalmente mi afecto por ella.

Como en el caso de Chus, Marga no hizo ningún comentario al respecto de los versos y más que una señal clara y lógica de rechazo, lo entendí como un reto nuevo para seguir solicitando mi plato de comida con pedigrí y un masaje en la cabeza como un fiel can encaramado al sillón de mi ama.

Podría continuar con otros hechos como ver a Marga ligar con otros tíos más malotes e interesantes, pero prefiero concluir como lo hice una tarde, al esperarla a la salida de su academia, con una flor en la mano. Incluso yo mismo veía cristalino el fracaso de mi osadía, agotando todas las convocatorias para que al menos yo no pudiera pensar ni reprocharme que no hubiera intentado todo por conseguir salir con ella. Me quedé depié igual que los protagonistas de esas melosas canciones de amor de los años ochenta, aguanté el tipo ante la arenga de Marga, animándome y dejándome claro que ella nunca se había mostrado atraída por mí, por supuesto con esa capacidad suya de explicar y seducir con sus palabras a un tiempo.

Lo lógico es que hubiera desistido desde la manifestación, desde el regalo del poema o tal vez desde antes, pero es por lo que compartí experiencia de vida en aquel instante con los cánidos.

Olvidada mosca, que ya tropiezas con la palma de mi mano, cuando trato de cogerte ante tu insistencia en permanecer sobre mi brazo; espero haberte distraído este rato en tu búsqueda de un nuevo objetivo.

Y moscas aparte te dedicó este escrito a ti también, como ya sabes sin fecha de aniversario, sin hechizo raro, pero con más ganas de verte y seguir riendo juntos.

Málaga, a 14 de Febrero de 2009 (y 2ª parte)

28 ago 2009

EL AMOR DE LAS MOSCAS…

Esto no es una carta, igual que tú no eres mi amada, pero estas palabras son para ti.

Hola maja.

Acabas de llegar volando y no sé de dónde vienes, quizá hayas recorrido el espacio desde la calle hasta la habitación en la que escribo. Puede que sobrevolases antes el salón del piso de arriba. O tal vez estuviste en lugares que desconozco aún más que la sala de estar de mis vecinos, tal vez has vivido aventuras que no alcanzo a imaginar, tal vez.

Tenemos algo en común tú, los perros y yo. En esta línea que termina te preguntarás qué compartimos moscas, canes, hombres... y no es sólo esta relación de dependencia de nuestras basuras y vuestro sustento, o bien la actividad de los mastines y el abrigo que os proporcionan sus cuerpos.

No, los humanos y los pacientes labradores, tanto como vosotras las moscas, coincidimos en que somos seres movidos por el amor.

¿PORQUÉ SE ENAMORAN LOS HOMBRES? ¿POR DINERO?

Puedo contarte mis enamoramientos, lo escribiré de esta forma, y necesitaría libros y días para contártelo, y si de algo no disponemos es de mucho tiempo. De algo estoy seguro, soy un hombre pero no puedo hablar por todos así que comenzaré por algo que me sucedió el siglo pasado o quizás hace veinte años.

En una Nochebuena salimos de fiesta a un local en el que colaborábamos varios amigos y conocidos, con un grupo de teatro. Éramos chicas y chicos jóvenes que nos llevábamos bien, aprendíamos juntos en el taller de la sala y teníamos ilusión por llevar obras al escenario. Y en algunos casos había admiración e incluso atracción entre algunos integrantes del grupo, aunque no era mi caso, al menos hasta un par de días antes del veinticuatro de diciembre.

Por entonces Chus, una de las chicas, paseaba por mis ojos como alguien amable, muy educada y buena persona en el trato cotidiano. Nada más.

Pero durante una reunión de las que hacíamos para ensayar nuestras actuaciones, supongo que mientras Chus ofrecía alguna improvisación, descubrimos el deseo por ella que sentía el gran A, director, presidente y por aclararlo más, NUESTRO JEFE en la asociación. Como ves no digo sus nombres completos puesto que son personas de verdad o todo lo verdaderos que pueden serlo en mis recuerdos.

La razón que motiva este relato y casi se pierde en las descripciones es que, como decía antes, en una de las reuniones del grupo Chus comenzó a ser querida y deseable por casi todos los hombres que estábamos allí sentados porque ninguno la habíamos percibido como la chica atractiva que ya era entonces. Está claro que el encoñamiento fue colectivo. Sé lo que sucedió con el gran A, que estuvo a punto de perder a su pareja de casi toda la vida al hacer públicas las ansias que tenía de estar con Chus, al menos de enrollarse con ella. No sé si sucedió con alguno más de los que nos encaprichamos en el taller.

Retomemos aquella noche, con el mazapán y el alcohol, sobre todo las cervezas y el tabaco que bebimos y fumamos la víspera del día de Navidad. Todos los accesorios necesarios para bailar, reír y hacer reír, charlar y sepultar al tío tímido que yo era y no se acercaría jamás sobrio ni en sus cabales a Chus. Con todas las ayudas extra regresé con Chus en el metro, la acompañaba en el vagón y entre silencios solo me atreví a decirle Tengo que contarte algo… Viendo cómo abría sus ojos grandes y oscuros pensé que las palabras habían dado resultado, aunque más debido al suspense de la frase que por mi entonación o por mí mismo.

Apuré el tiempo que duró el recorrido subterráneo hasta salir de la estación y ella me preguntó inquisitiva, qué es lo que tenías que contarme y usando toda la osadía que podía tener un aprendiz de Casanova por correspondencia le dije Creo que me he enamorado de ti

Al menos yo lo escuché a un volumen y tono que quizá tú, mosca, también habrías alcanzado a oír. Sin embargo, ya delante del portal de la casa de Chus que en aquel instante tenía una expresión más propia de un lunes, descubrí que o no me había escuchado o lo que le había dicho le importaba muy poco.

Caminando de vuelta a casa encontré un billete azul de las antiguas pesetas en la acera. Sorprendido, cogí las quinientas pesetas que pagaron mis calabazas y apaciguaron la turbación producida por la indiferencia de Chus. Y de la misma forma que nos enseñan los sabios y profesores sobre las moscas, vuestro vuelo e insistencia no dura más tiempo que un día.

Málaga, a 14 de Febrero de 2009 (1ª parte)