Todos esperaban ansiosos en la
meta volante. Desde la niebla surgían como fantasmas, uno tras otro, pedaleando.
Había sido una jornada lluviosa, con viento y la atmósfera en contra, aunque
nada que pudiera frenar al gran Montero. Así lo llamaban, por su apellido. Tenía
las mejores marcas mundiales en cualquier campeonato a dos ruedas, y las consiguió
sin tomar ni un caramelo.
Llegó al final del pelotón,
empujando a pie su bicicleta, ignorando a todos los curiosos y periodistas
hasta que llegó un niño a preguntarle -¿Por qué?- Montero, sonriente, se alejó gritando
¡Porque podemos!
La penúltima semana de Relatos veraniegos fue mejor que alguna anterior. Aquí dejo el enlace a La ventana...
Pablo Vázquez Pérez
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